En el viejo jardín

 

 

 

Suele hacer frío en el apartado rincón del viejo jardín donde te sientas en el banco de hierro situado bajo las magnolias. Allí, arropado por el aroma de sus flores gustas de pasar las mañanas escribiendo y tal vez rememorando viejos recuerdos que en ocasiones hacen aflorar una sonrisa en tus labios y otras dejan entrever el sabor agridulce de una lágrima resbalando por tus mejillas.

Con frecuencia te contemplo desde la ventana de mi dormitorio, la que da a tu pequeño y cuidado jardín; allí, a resguardo de tu mirada y en el más absoluto anonimato, me gusta mirarte y jugar a adivinar tus pensamientos. Aunque siempre llevas un libro bajo el brazo nunca te he visto leer; habitualmente lo depositas en tu regazo y dejas vagar la mirada, que adivino se perderá detrás de esos muros que te sirven de cobijo y te guardan de miradas indiscretas como la mía.

Sé, por personas cercanas a ti, que has vivido y amado mucho y que algo o alguien te hizo recluirte aquí, al amparo de acontecimientos pasados o por venir que puedan lastimar tu ya lastimado corazón. Un día, al volverte,  tuve la suerte de contemplar tus ojos, eran  de color miel y vi reflejada en esa mirada todo el amor que tu corazón llevaba y toda la amargura que dejaba traslucir.

Pasado el tiempo, y desde que me trasladé aquí ha pasado mucho ya, me doy cuenta que, a pesar de ser mucho más joven que tu, a pesar de no haber cruzado nunca una palabra contigo, ni saber como es el sonido de tu voz, me voy enamorando de ti poco a poco y en silencio. Porque  en tus gestos, en tu mirada, en tu forma de caminar o de tocar algunas de las plantas del jardín, se adivina una infinita ternura y un amor por las cosas y las personas que hay a tu alrededor, y eso, en el mundo agitado e inquietante en el que vivimos, es algo que para mí tiene un inmenso valor. Pero hay más; a medida que pasa el tiempo me imagino como serán las caricias de esas manos, de esos ojos,  y me estremezco y me dan ganas de bajar corriendo las escaleras que me separan de ti y refugiarme entre tus brazos.

Todo este cúmulo de sensaciones y sentimientos que afloran en mi interior cada vez que  te contemplo me asustan un poco; pero luego pienso en la envidia que me da el imaginar lo afortunada que debió de ser la mujer que tanto amaste y mis pensamientos vagan sin rumbo tratando de imaginar la razón por la cual no fuiste feliz con ella o ella contigo que da igual. No sé si algún día tendré el valor y el coraje de decirte tantas cosas que llevo en mi interior y que pugnan por salir; de decirte que te quiero. Sólo sé que todas las mañanas, al mirarte en tu viejo banco, me siento bien pensando que tu estás ahí. 

Nunca he hablado de todo esto con nadie porque tengo miedo de que me tachen de loca o de buscar en ti la figura protectora del padre que nunca tuve. Yo sé que no es así, como también sé que quererte es fácil y que sería muy dichosa teniéndote a ti a mi lado; me considero una persona equilibrada y tranquila, acostumbrada a sopesar todas y cada una de mis decisiones y a  tener los pies en el suelo. Pero sólo con verte ahí sentado mirando al infinito se desatan en mí pasiones y sensaciones que ningún hombre consiguió hacerme sentir y eso que, en mi también agitada vida, hubo más de un hombre.

Pero algo diferente hay en esto que siento y es que todas las noches, al acostarme mi deseo más ferviente es que llegue pronto el amanecer para poder volver a contemplarte y en mis sueños tu figura y tu presencia se hace cada vez más notable y persistente. Hasta tal punto te has convertido en importante para mi que lo primero que hago todas las mañanas es correr hacia este rincón desde el que te miro, que ya se ha convertido en el mas frecuentado de toda la casa y mirar hacia el banco del jardín, así que cuando tengo que retirarme de él la pena me acongoja.

Hoy me he decidido a poner por escrito todo lo que siento porque es la única forma de que mi espíritu se dé un poco de sosiego y pienso, mientras escribo, lo hermoso que sería poder decirte todo esto mirándote a los ojos y cogiéndote las manos. No sé si ese día llegará alguna vez, pero tiemblo al ver la escena e imaginar que en tu mirada se refleja un asentimiento y de tu boca brotan las palabras  que me harían totalmente feliz…¡yo también te quiero a ti!

 

©Jose (Nuberu)

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

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