Érase una vez que se era, una princesita que vivía en una jaula de cristal. Cada día se asomaba a su ventanita mágica y a todo aquel caballero que pasaba le hacía la misma pregunta…. ¿Me quieres? Dado su atractivo y el misterio que irradiaba a través de aquella ventana de la acristalada jaula, todos le respondían que si, pero no contenta con la respuesta, les repetía la misma pregunta de manera diferente…¿Me querrás para siempre? Y ante tal dilema la mayoría de los caballeros optaban por proseguir su camino dejando la contestación en el aire.

 

Y así transcurrían los días de la hermosa princesita, mientras contemplaba el mundo que discurría a su alrededor, pero siempre con la tristeza de no poder salir de aquella jaula y con la incertidumbre de no encontrar respuesta a su pregunta. Un buen día pasó por las cercanías de su habitáculo un atractivo caballero que se detuvo a contemplar a la hermosa criatura y entonces la princesita le hizo la pregunta de rigor…¿Me quieres? A lo que el caballero le contestó ¡Pues claro que te quiero! Entonces, siguiendo con el ritual acostumbrado, la hermosa criatura le propuso la siguiente pregunta…¿Pero será para siempre? A lo que el galante caballero le contestó con un rotundo ¡No!

 

El caballero, con su atrevido atractivo, le propuso a la bella dama que se encontraran en algún lugar apartado para hablar de tal asunto; a lo que la dama le objetó que no podría salir nunca de aquella jaula de cristal si no era para casarse. Pero el caballero insistió en su petición y dada su tradicional facilidad de palabra y su innata galantería, con paciencia y fuerza de persuasión, fue convenciendo poco a poco a la hermosa princesita para que accediera a sus pretensiones y logró fijar una cita a escondidas con su pretendida.

 

Entretanto y a fuerza de conversar, la bella princesita le narró al atrevido caballero la desgraciada vida que llevaba en aquella jaula y su frustración por no encontrar a quién la liberara de aquella atadura; derramando lágrimas y contando sus desventuras, creyó atraer al caballero a su causa y para sus adentros pensó que llegaría a realizar sus propósitos de matrimonio con aquél atractivo galán. Pero he aquí, que para sus adentros, el galán estaba pensando en seducir a aquella hermosa criatura con el único fin de satisfacer sus apetitos y su fama de conquistador, sin más compromiso que alguna que otra palabra de consuelo y alguna promesa que no pensaba cumplir.

 

Así fueron transcurriendo los días, entre conversaciones a escondidas, requiebros y galanterías, a través de aquella mágica ventanita; la bella princesita, que no estaba acostumbrada a tales menesteres, se fue enamorando perdidamente de aquel galán que la requebraba y fue cayendo poco a poco en sus redes. Y llegó el tan ansiado día en que los dos se encontrarían a escondidas en algún apartado rincón.

 

Una vez juntos y sin los inconvenientes de las paredes de la jaula de cristal,  a reguardo de todas las miradas, el osado caballero no tardó en convencer a la hermosa princesita para que le entregara su alma y su cuerpo (que todo hay que decirlo) y así sucedió. La princesita con cara de ingenua, se entregó en cuerpo y alma a su galanteador y el caballero obtuvo el premio esperado a su paciencia y su don de gentes y los dos consumaron una noche de promesas y placer.

 

Al amanecer, cuando aún dormían los habitantes de aquel mágico lugar, el caballero se despidió de la gentil princesita con la promesa de volver pronto por allí y la dama, entre sollozos y lágrimas, volvió a sus aposentos para contemplar una vez más, como cada día, el bullicio de las gentes que había a su alrededor y se dispuso a esperar pacientemente la vuelta de su pretendido, con la vaga esperanza de arrancarle a su caballero una promesa de amor eterno.

 

Y la escena volvería a repetirse una y otra vez sin que el susodicho galán se quedara mas de una noche, pero entre el desencanto y la desesperación de la hermosa dama, siempre acababa despidiéndose hasta la próxima vez. Así, sus días transcurrían perezosos y lánguidos entre las paredes de su hermosa pero fría jaula, mientras la hermosa princesa no dejaba de darle vueltas  a la idea de cómo hacer para conseguir que su caballero se quedara a su lado para siempre. Y se le ocurrieron mil y una artimañas y desplegó todos sus encantos al objeto de conseguir sus propósitos, pero sus esfuerzos resultaban inútiles, puesto que su galán acaba siempre por abandonar el lugar con las primeras luces del alba, dejándola sumida en la mas desolada desesperación.

 

Un buen día comenzaron a llegar a sus oídos relatos que hablaban de un caballero que conquistaba a toda dama que se le pusiera en su camino y al interrogar a los caminantes de paso, empezó a caer en la cuenta que todo lo narrado se ajustaba a la descripción de su enamorado; cuando tuvo la certeza de tal evento, derramó las mas amargas lágrimas que nunca hubiera derramado y se prometió a sí misma no volver a entregar su pureza a su pretendido. Pero su amor era tan grande y su dependencia emocional tan fuerte, que cada día que su galanteador pasaba por su puerta no podía resistirse a la fuerza de sus encantos.

 

Ahora, después de tanto tiempo transcurrido, la hermosa princesa, encerrada en su jaula de cristal, sigue haciéndole la misma pregunta a los caballeros que pasan por el lugar, pero sin convicción alguna, puesto que en el fondo de su corazón sigue esperando a aquél que es el fruto de su deseo, con la ya vaga esperanza de que un día pueda ver realizado su sueño de retenerle a su lado, sin despedidas al amanecer.

                                                                                                    

©Jose (Nuberu)

 

 
 

 

 

 

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