La más larga de las caminatas comienza con un paso. (Proverbio hindú)

Hoy te vi partir con el atillo al hombro en busca de otros horizontes que colmen tus sueños tanto tiempo olvidados en el cajón de la nostalgia. No podía pensar que pasados tantos años ( desde que hacíamos planes imposibles en el Instituto mientras paseábamos por el viejo y destartalado patio) precisamente ahora, cuando las canas empiezan a peinar tu pelo y el vigor ya no es el que era antaño; ahora digo, hayas decidido romper con todo, quemar tus naves y buscar más allá de donde buscan los hombres llamados de bien.

Siempre fuiste un soñador impenitente; mientras los demás hacían planes de futuro colmado de profesiones brillantes, coches deportivos, casas de ensueño donde les esperaran hermosas mujeres y unos hijos, tu soñabas con el viaje sin retorno que te abriera los ojos a otros mundos, otras gentes, otras culturas. A menudo te veíamos con la mirada errática y perdida, e incluso a veces teníamos que darte una cariñosa palmada en la espalda para que volvieras con nosotros, pues te dejabas llevar por las ensoñaciones y tu rostro asemejaba a esos místicos que acostumbrábamos a ver en las imágenes de televisión.

Aún hoy, cuando te veo partir, no me lo puedo creer del todo; menos lo creí cuando recibí tu llamada y acudí a tu lado. ¡Me voy! Me dijiste con voz convencida. ¿Adónde? Repliqué yo; vana pregunta, enseguida leí en tus ojos que no había destino, no había camino, no habría regreso.

Me entregaste algunas de tus escasas pertenencias, como quien entrega sus tesoros a un amigo; en ese instante fui consciente de que no te volvería a ver y conseguiste que las lágrimas asomaran en mis ojos. Mi corazón se debatía entre intentar convencerte para que te quedaras entre nosotros o desearte buena suerte y ventura en el intento. Opté por esto último porque te conozco y sé que cuando decides hacer algo no hay fuerza ni razón que te lo impida.

Hoy, en el andén de la vieja estación donde tantas veces acudíamos de niños a poner chapas en las vías para que el tren hiciera el trabajo por nosotros y nos las dejara lisas y listas para su uso (que no era otro que servir de tope a las cuerdas que hacían girar nuestras peonzas) hoy digo, te veo partir y pienso que me dejas muy solo. Pero en el fondo me alegro por ti, porque al menos unos de los dos hará realidad sus sueños de niño y sé que algún día recibiré una gastada postal desde cualquier lugar en la que, con tu letra desmadejada e ilegible, me dirás que eres feliz. ¡ Y yo lo seré contigo!

Hace rato ya que el viejo tren emprendió su caminar y yo me quedo mirando como se aleja mientras recuerdo aquellos tiempos ya lejanos en los que los dos nos subíamos a los topes de los vagones para evitar pagar nuestro billete y así burlar la vigilancia del revisor, y es como si te viera en uno de ellos mientras me dices adiós desde el vagón; el andén se ha quedado vacío y la estación solitaria, pero mis pies siguen pegados al suelo resistiéndose  a irme de allí. Mientras emprendo el camino de regreso a casa pienso que, una vez más, has conseguido que hoy sea un día para recordar.

 

©©Jose (Nuberu)

 

 
 

 

 

 

 

 

 

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