Parecía una tarde más, soleada, alegre y tranquila, pero en ningún momento  podría imaginar lo que iba a cambiar mi vida, con tan sólo tomar una decisión. Me acercaba poco a poco a la puerta del despacho de Julia y mi mente, no paraba de repetir las palabras que próximamente iba a pronunciar con seguridad y firmeza. El intercambio de opiniones duró solamente quince minutos. Quizás mi falta de indecisión o la fe que tenía ella, bastó para dar por concluida la reunión. En el momento que salí de aquella oficina sabía que algo había cambiado. Apenas me paré a pensar sobre las consecuencias que podrían traer, y me abracé fuertemente a las sensaciones que sentía en ese momento. Crucé el pasillo, me acerqué a la puerta principal y al abrirla, un rayo de sol me obligó a girarme hacía la derecha y contemplar tus ojos que me miraban con ilusión. En aquel momento lo que más me apetecía era abrazarte con fuerza y besarte indefinidamente hasta que los brazos del tiempo nos separara. En lugar de eso, te cogí de la mano y con la cabeza alta y erguida, caminamos hacia el horizonte.

Duros fueron los meses que nos acompañaron después. La inseguridad llegó por sorpresa y como un vecino gorrón, se quedó en casa sin encontrar la manera de poder echarla. Pero como todo buen gorrón, invitó a varios amigos más, para hacernos la vida un poquito más difícil. Los fines de semana y como de costumbre, se presentaba la falta de comunicación. Revoloteaba por nuestras cabezas con tanta ligereza, que al final, nos acostumbramos y le hicimos un hueco entre nosotros. Gracias a Dios, los fines de semana se iba, pero, para dejar sitio a la monotonía, que ya era como el vecino soltero que vive en todos los edificios, unos días entra sin llamar y otros ni se le oye en su casa. Durante dos años, pasamos de las palabras, besos y miradas, a un no saber porque estábamos juntos. Varias veces salí y entré de tu vida, y siempre que parecía que por fin íbamos a recuperar esa mirada de complicidad, un nuevo obstáculo se interponía y nos separaba nuevamente.

Ya hace meses que crucé la puerta con la mirada triste y el corazón dolorido, pero muchas veces, pienso en aquella tarde y en el beso que no te di, ¿hubiera cambiado algo?,  si en lugar de pensar lo que nos gustaría hacer, lo hiciéramos sin pensar, ¿nos cambiaría la vida? Creo que en lugar de buscar la respuesta, lo mejor será comprobarlo, y no hago otra cosa cada vez que te veo. Ahora ya no pienso en las consecuencias o la decisión que debo tomar, solamente me preocupo en saber cuándo te voy a volver a ver, para mirarte, abrazarte, besarte…

 

©Rafa Paredes

 

 
 

 

 

 

 

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