A lo largo de su vida había conocido a mucha gente; algunas personas por las que merecía la pena darlo todo y otras…, otras que mejor no haber ni divisado en el camino. Él… era una de esas personas del primer grupo.

 

  Se conocieron de casualidad, como ocurre casi siempre, y fueron entablando una amistad que se consolidó con el paso de los años, unos cuantos ya, en los que hubo temporadas que se perdían el rastro pero tarde o temprano volvían a contactar de nuevo.

 

  El vivía en la carretera, siempre de un lado para otro, alguna vez ella le había dicho que parecía se “teletransportara” porque tan pronto estaba en un lugar como aparecía en otro, y ella se había empeñado en buscarse un retiro donde vivir a solas con sus pensamientos.

 

  Después de una larga temporada de esas en las que apenas sabían el uno del otro volvieron a encontrarse. Ella no atravesaba uno de sus mejores momentos, quizá el peor de toda su vida, y en un principio, aunque le agradecía sus esfuerzos por intentar ayudarla, no quería su ayuda, no quería a nadie cerca de ella. Pero si algo le caracterizaba a él era su constancia y así, día a día, poco a poco, consiguió que ella le abriera de nuevo la puerta y le dejara pasar. Nunca volverían a ser la cosas como antes, era imposible, pero a ella le gustaba tener a alguien con quien poder hablar, que le perdonaba sus “prontos”, que aunque no la conocía tan bien como pensaba, sí la conocía en muchos aspectos y sabía cómo actuar en esos momentos.

 

  Quería decirle que siempre le estaría agradecida por aguantarla, por estar ahí, que siempre le llevaría en su corazón, que aunque más de una vez le había fallado, ella también había fallado a mucha gente, incluido él; que le tenía un gran cariño y que estaba muy segura de que su amistad sería para siempre.

 

  Le debía esto y quizá mucho más, pero ya era lo único que le podía dar.

 

©Gloria CP

Febrero 2008

 

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